lunes, 19 de mayo de 2008

...Pequeños Trabajos...

Jonas se reclino en el costado de la camioneta, estiro el brazo derecho y miró su reloj ( el cual habia pagado 10 dolares en un barrio donde un televisor de 29 pulgadas podia pagarse a un decimo de su precio real; si uno sabia donde buscar) y soltó un chasquido de impaciencia. Odiaba esperar. Aun mas cuando lo hacia solo.
Pero trabajo es trabajo, y sus quejas solo las compartía consigo mismo. Mostrar una dejades así, en ambitos mas normales y respetables, podía pasar como algo simpatico, divertido incluso.
En estos ambitos, asin embargo, uno se mantenía callado y hacía lo que tenía que hacer. Sin hablar, sin entretenerse y especialmente, sin distracciones.
Entrar, hacer el trabajo, y salir.
Así de sencillo. Aquellos que se lo tomaban como una broma, como una forma de hacer dinero fácil, generalmente terminaban con un pedazo de metal cilindrico incrustado en la cabeza. Los que eran realmente estupidos, terminaban con seis o siete de ellos, solo por gusto.
A estas alturas, Jonas tenia un 100% de efectividad identificando a estos futuros cadaveres. Generalmente eran personas jovenes, inteligentes, carismáticos incluso, pero estos tres factores nunca eran una buena combinación. El boca a boca ( mucho más glamoroso que la realidad) los llevaba a una pequeña oficina en un edificio que se mantenia en pie, al parecer, con cinta adhesiva y mucha fe en el artquitecto.
Un gigante moreno que se asemejaba mas a un armario antiguo que a una persona, era el primer punto de identificación. El gigante entreabría una solida puerta en el cuarto piso del edificio, y hacia la pregunta que habia hecho a unas 300 personas antes que a la que tenía delante
- ¿Quien mierda sos y que mierda queres, infeliz?- decía con una voz increiblemente grave y rasposa.
- Bu-busco al doctor- contestaba el muchacho, con la estupida sonrisa que generalmente llevaba estampada en la cara completamente borrada del rostro y el sudor exhudando de sus anteriormente secos poros.
El gigante lo inspeccionaba de arriba abajo, con su curtida cara completamente inexpresiva y luego de un minuto entero de silencio ( en el cual algunos incautos reformulaban la pregunta, pensando que el gigante no tenía muy buen oído) el gigante volvía a abrir la boca
- ¿Y que dolores le aquejan?- preguntaba
- Me duelen los pies- Contestaba el cada vez mas atemorizado incauto, siguiendo ordenes precisas.
Adelante pues, el doctor lo atendera en unos momentos; tome asiento- contestaba el gigante, un poco mas cortez.
El ritual era siempre el mismo y, como cualquiera puede apreciar, completamente ridiculo. Pero todo tiene su explicación.

Todo a su debido tiempo.
La inexpresividad nunca abandonaba su rostro, pero por dentro reía con placer, disfrutando como los confiados muchachos que generalmente tocaban la puerta se daban cuenta que esto no era ninguna broma.
- Gracias – decia casi excusandose el joven y se empequeñecía para pasar por el angosto espacio que proporcionaba el gigante hacerse ligeramente a un lado al dejarlo pasar.
El ahora aterrorizado muchacho se sentaba en un derroido sillon de cuero que en sus mejores epocas habia sido negro y esperaba unos 20 minutos en compañía de sus pensamientos. Generalmente, deseandole la muerte a la persona que le habia recomendado el trabajo.
Pasados los 20 minutos, se abría una puerta en algun lugar del departamento/consultorio. Segundos despues, la puerta del cuarto en la que se encontraba el muchacho se abría y un ancianito que podía ser tu abuelo favorito ( ese que sacaba un fajo de billetes cuando la visita mensual de rigor habia terminado cuando estas saliendo por la puerta; te guiña un ojo y te dice, conspirador, “ no le digas a tus padres”. Este tipo proyectaba esa misma sensación)

Hasta que se acecaba a menos de 2 metros. A partir de ahí a uno lo asaltaba la sensación de que este viejito no era tan parecido a Papá Noel. Había algo en sus ojos azules que no estaba del todo bien. Y la sensación era aún peor cuando sonreía.
La sonrisa nunca tocaba sus ojos. Estos se mantenian frios, muy frios y calculadores.
De los 300 y tantos jovenes ( más algún que otro tipo un poco más entrado en años como John) que vieron este Papá Noel maligno, todos pensaron las mismas palabras:
“ Este hijo de puta esta completamente loco...Y voy a trabajar para él...”

El “Doctor” siempre daba el mismo discurso. El “ Doctor” nunca era interrumpido. Y, luego de que el “Doctor” terminaba su monologo, el pobre infeliz que lo escuchaba ya no queria matar a la persona que le habia recomendado el trabajo. Quería crucificarla boca abajo, prenderle fuego y mear sobre las cenizas.

El monólogo era algo como esto:

“ Esto es muy sencillo, mi querido muchacho. Soy lo que se podría decir un empresario. El tipo de negocios que dirijo aquí se rige por una palabra que usted deberá, repito, deberá, aprender a apreciar. Esta palabra, es “Discreción”.
Si usted sabe valorarla y regirse por ella, usted y yo nos beneficiaremos en medidas justas para ambas partes. Esto implicará una obvia aplicación de sentido común en referencia a lo que usted elija compartir con las personas cercanas a usted en relación con la información que manejará a partir de estos momentos. Si usted llegará a ser ese tipo de personas que no atiende a razones y se niega a seguir las simples reglas que le acabo de estipular, bueno, se abtendrá usted a las consecuencias de sus acciones. “ Uno cosecha lo que siembra”, “acción y reacción”, “Karma”, póngale usted el nombre que quiera, mi querido muchacho. Por ejemplo, si su acción fuera algo como robarme siquiera una simple moneda, mi reacción sería cortarle todos los dedos de los pies con una alicate industrial para luego espolvorear los muñones con sal. Ahora, no me malentienda muchacho, si usted hace su parte, yo hare la mia. Esto no es mas que un contrato poco convencional, pero un contrato al fin. Usted cumple su parte y yo cumplo la mia. Quid pro Quo, si le place el término Dicho esto, permitame felicitarlo, pasa usted a ser parte de esta pequeña hermandad.”
Dicha esta última palabra, el “Doctor” pasaba a estrechar la mano del joven y salía de la habitación. El muchacho se quedaba quieto en el lugar uno o dos minutos, transpirando e intentando analizar lo que acababa de pasar.

Cuando por fin volvía a la realidad el muchacho solo atinaba a volver a la puerta por la cual el Armario humano le habia dejado pasar. Al reecontrarse con el moreno gigante, este le entregaba al aún atontado muchacho un sobre sellado.
El muchacho lo miraba con ojos perdidos y pasaba su mirada del sobre a los petreos ojos del gigante.
- Todo lo que necesitas saber está aquí dentro. Supongo que no tengo que decirte que no debes compartir la información dentro de ese pequeño sobrecito que te acabo de dar con nadie. Pero- proseguía el gigante- vale recordarte que no debes hacerlo. Simplemente te lo recuerdo porque parece que vas a perder el control de tus esfinteres en cualquier momento y tal vez eso te afecté el oido.

Dicho esto, el gigante tomaba al muchacho firme pero no fuertemente por el hombro y le mostraba la salida. Pocas fueron las veces que el gigante recibió algo mas que un balbuceo en respuesta.

Habían pasado 14 años desde que Jonas haya visto al gigante por primera vez. Tardó 6 años y medio en saber que el tipo se llamaba Enrique y que era padre de dos gemelas de 6 años.
Le pareció de algún modo gracioso. No se imaginaba al gigante Enrique volviendo a casa para se el padre de dos niñitas.
Pero había muchas cosas que Jonas no se habría imaginado hace 14 años. Por ejemplo, que solo 4 meses después de trabajar para el “ El Doctor” había tenido que romperle las dos rodillas con un martillo a un joven empresario que no parecía de más de 25. El tipo había cometido el cataclismico error de estar en deuda con el “El Doctor” y no pagarle.
Jonas no era un tipo violento: por lo menos no en exceso. Pero durante este trabajo había visto cosas que traumarían a un niño de por vida. Se había encontrado con las peores personas inimaginables y había tenido que mostrar una galán sonrisa en cada encuentro.
Para su sorpresa, se descubrió como un buen empleado. Callado, eficaz. Recibía el sobre, conseguía los elementos para completar la ecuación ( no solo martillos o alicates industriales – “El Doctor” tenía esa manía con los pies- a veces buscaba información, que era lo único necesario para poder tachar de la lista la tarea que decía el papel dentro del sobre) y esperaba el siguiente trabajo.
Ser tan taciturno, tan profesional, era lo que había hecho que Jonas durara tanto en este trabajo. Muchos muchachos habían ido y venido. Algunos había podido hacer el trabajo y, de alguna forma, escapar a las garras de “ El Doctor”, pero la gran mayoria había terminado con balas en alguna parte del cuerpo, o con un nuevo agujero para respirar, hecho profesionalmente por un cuchillo. Un cuello roto, miembro mutilados, cuerpos torturados, ahogados, etc, etc y etc.
Pero Jonas había podido evitar todo eso y sobrevivir más de catorce años. En este trabajo, él no era un anciano, era ancestral. Ël era inmortal. Secretamente, se sentía orgulloso de eso. Haber sobrevivido tanto habiendo hecho tanto ( y todo tan malo ) le daba una sensación de poder. Le daba pruebas de que no había tal cosa como la justicia. Porque en un mundo justo un tipo como él no podía ganar mas de mil dolares a la semana, porque la conversión del 3 a 1 no le había afectado, asi que mientras miles peleaban por cada moneda, él había recibido un aumento del 300% por cazar deudores, buscar información y simplemente cumplir con su trabajo.
El problema es que, al mismo tiempo, lo odiaba. Odiaba poder salirse con la suya siempre. Odiaba que nadie hubiera podido detenerlo hasta ahora. Daba fe de que no había nada más allá de él mismo. No había nada. A veces, cuando iba a la iglesia para ver si al entrar ardía en llamas, miraba a las adorables viejecitas que oraban cerca del altar y deseaba acercarseles de puntillas y gritarles al oído : “ No hay nada ahí arriba vieja estupida, entiendalo! Hace mas de una decada que rompo todas las reglas de su puto libro sagrado y no me ha pasado nada!”. Muchas veces había estado a 2 pasos de hacerlo. Muchas veces agregaba a esa fantasía partirle la cabeza a la viejecita cuando ella lo miraba con lástima.
Pero nunca lo lograba. Le gustaba pensar que la viejecita tenía razón y a él simplemente no lo habían salteado en la lista de gente que tenía que morir de un cancer o en un accidente de auto. A veces deseaba que alguien rectificara el errror.
Si, Jonas había sobrevivido 14 años cuando la mayoría no llegaba a un mes. Lo que no sabía era que mientras esperaba a David ( un muchacho nuevo que se parecía tanto a él mismo que le asustaba y en esos momento debía estar cortando unos cuantos dedos de algún deudor.) el brazo izquierdo, del que colgaba el reloj, repentinamente se entumecía. Una garra invisible se cerro implacable sobre su pecho. Sus pulmones se vaciaron. No podía respirar, no podía ver.
“ ¿Un infarto?. ¿Todo termina con un infarto? ¿En serio la saco tan barata?” – Pensó.
“Bueno, no me voy a quejar. Por lo menos me muero con todos los dedos de los pies”- casi rió.
Pensó en todas las personas que había sufrido e incluso muerto bajo su mano y su corazón lloró. Quiso pedir perdón, pero no podía. Dios, apenas y podía respirar. Pero esas personas duraron poco en su mente. Al fin recibía lo que merecía. Al fin podía decir que había algo mas allá, que dios, que la justicia, que el proposito existia. ¿No era por eso que había empezado este horrendo trabajo?. Quería desafiar. Quería gritar y que le contestaran. Quería pruebas!. Y mientras pasaban los años y no recibía respuesta, hacía su trabajo con más profesionalismo. Se negaba a sentir culpa. Si nadie lo detenía, él no se detendría.
Pero la redención al fin había llegado.Jonas se desvaneció con una sonrisa.