lunes, 23 de junio de 2008

Estebam

Estebam (el error tipográfico de una trabajadora del Registro Nacional de Personas con resaca hizo que la letra “n” al final de su nombre fuera, en realidad, la que le precede ) era un hombre sencillo. Tanto en su manera de hablar como en su manera de caminar. Nada de pasos largos para Estebam. Nada de mover los brazos efusivamente, fingiendo estar apurado o simplemente caminar enojado como si su muy atareada e importante vida no pudiera interrumpirse en ningún momento, ay de aquel que se cruzara en su camino. Estebam daba pasos cortos pero relajados. Como la mayoría de las veces no iba a ningún lado, sus pasos no eran aquellos de alguien apurado por llegar a su destino. De no más de 30 centímetros, sus pasos eran lo que uno llamaría “un vaivén casi hipnótico”, con la tranquilidad de aquel que no va a ninguna parte y lo sabe. .

Heredero de un módica suma de dinero por parte de su padre ( no, no se murió, ni tampoco es la idea saber porque alguien hereda antes de que la persona muera, concéntrense), Estebam es lo que se puede llamar “una persona que no necesita preocuparse por el dinero”.

Tiene un cómodo departamento en Belgrano. Ni muy grande ni muy chico. Cómodo. Tiene su único lujo, que es una mesa miniatura de ping-pong. Nunca necesitara trabajar ni tampoco quiere hacerlo. Estebam se interesa, como todo bohemio acomodado, por explorar y explotar su lado artístico. Tomaba clases de pintura y actuación. No era ni un gran artista ni un gran actor, pero disfrutaba explorar lo que producía. Con miedo, con dudas, pero con empuje. Esa es otra buena definición de Estebam. Un tipo que empuja.

Empuja situaciones. Hace que las cosas giren. Desde el libro que deja abandonado en el banco de una plaza hasta los 3 pesos en monedas de 25 que reparte por 4 paradas de colectivo todos los miércoles a la mañana mientras sale a correr.

Le gusta imaginar los destinos de estos objetos, esperando que sirvan de algo.

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