viernes, 3 de abril de 2009

...Viajes En Tren...

A Juan le gusta una chica.
Cuando la ve siente mariposas en el estomago. Algunos podrán pensar que esta es solo una expresión, un recurso para explicar una situación, pero cada vez que Juan sabe que va a verla, lleva un matamoscas en el bolsillo.
Los días que lleva el matamoscas son los jueves, que va al centro, a las clases de guitarra, a unas cuadras de la estación Retiro. Le da mucha fiaca, pero el profesor es bueno, y barato.
Así que se toma el tren nuevo en la estación Florida hasta el final del ramal.
Siempre espera el tren de manera tal que se pueda subir al tercer vagón; a la altura del quiosco de revistas que queda entre el primer banco azul y una estatuilla de la virgen.
El tercer vagón es el de música clásica. El que tiene los sillones viejos y los músicos de cámara detrás del vidrio al fondo.
Cada vez que Juan sube, sube por la primera puerta, la del extremo derecho del vagón, donde están los músicos. Después de dar el primer paso dentro del tren se permite tres segundos para dirigir la mirada a las personas detrás del cristal.
1.
2.
3.
E inmediatamente les da la espalda.

Se pasa los 21 minutos que dura el viaje de espaldas al vidrio, deseando con toda su alma darse la vuelta y pasarse esos 21 minutos mirando, mirandola. La miraría esos 21 minutos 21 veces. La miraría esos 21 minutos, con esos ojos cerrados, levantando el arco y haciendo sonar ese pequeño violín en sus delicadas manos. La violinista.

Durante 4 meses Juan entraba al tercer vagón, se tomaba sus tres segundos (1,2,3) y se daba la vuelta, maldiciendose sin parar durante 21 minutos. Al cuarto mes, cuando ya no se le ocurrían insultos para adjudicarse durante un jueves particularmente lluvioso, Juan compro un Narciso en el puesto de flores a una cuadra de la estación. Lo defendió de la lluvia hasta que llegó el tren y cuando lo vio llegar casi lo tira a las vías. A último momento respiró hondo y lo apretó con fuerza antes de dar un paso dentro del tercer vagón.
Dejo el Narciso en la barandilla roja, justo delante del vidrio, exactamente delante de ella.
No se atrevió a ver si abría los ojos, no se atrevió siquiera a levantar la vista. Tan solo atinó a dejar la flor y darse rotundamente la vuelta.
Rojo desde Florida a Retiro, durante esos inacabables 21 minutos Juan se adjudicó todo tipo de improperios; desde “tonto” hasta “hijodeuncontingentedeprostitutas” en por lo menos dos idiomas. Se maldijo por no haber tirado el Narciso casi desde la puerta para luego huir.

Durante 1 mes viajó al centro en colectivo. Ya por terminar el 30vo día se dijo a si mismo que estaba siendo un nene y que no había mujer que valiera la pena la hora y media/dos horas que estaba perdiendo en viaje cada semana.
El jueves siguiente volvió a su casa a las 10 desde Retiro con una sonrisa que parecía que la cabeza se le iba a caer dentro de la boca.
Esa sonrisa particularmente feliz había hecho un nido en su cara por 3 factores de particular importancia.
El primero fue subir al tren y (algunos hábitos no son faciles de eliminar) tomarse los tres segundos reglamentarios para inmediatamente dar la espalda.
1.
2.
3.
4.
5.
Y así hasta que la cuenta llego hasta unos 120.

En el piso del otro lado del cristal Juan vio 3 Narcisos muertos (al parecer en una escala de muerte que databa de varias semanas) y un cuarto aún fresco y con algunas gotas de rocío en los pétalos.
El segundo factor fue levantar la vista hacia la violinista que, al verlo, al reconocerlo, deslizó una mano enguantada en su vestido y saco un papel, el cual puso contra el vidrio.
El tercer factor que terminó de crear la sonrisa con la que volvió a su casa era este papel.

En el papelito había una palabra y 10 números.

1557503892
Verónica

Como en un sueño, Juan sacó un pedazo de papel y una birome y escribió el número que se había fundido en su retina. Por primera vez pasó esos 21 minutos entre Florida y Retiro de cara a los músicos, disfrutando de la música.
Su sonrisa termino de ensancharse cuando, bajando de Retiro, Verónica abrió los ojos y levantó su mano con el arco aun en ella para saludarlo con la mano.